lunes, 28 de mayo de 2012

Humanismo y Renacimiento: Repercuciones

El enfrentamiento con los textos clásicos produjo la creación de una metodología de crítica histórica y filológica que, además de marcar el posterior desarrollo de estas disciplinas, constituyó una aportación decisiva en la génesis del pensamiento moderno, tanto por las pautas mentales que de por sí conllevaba ( crítica, conciencia histórica, ruptura con el principio de autoridad y el texto canónico, etc.), como por haber planteado gracias a las nuevas fuentes y a la nueva actitud ante ellas, un marco nuevo para la reflexión filosófica y científica. De hecho, el interés por los clásicos -la vuelta a las fuentes originales del saber- no fue meramente erudito, sino que tendió a servir a un designio práctico de carácter humano cívico. Si en un primer término se pretendía disciplinar el lenguaje y la razón a través de la imitación formal de textos modélicos, pronto la admiración se prolongó de la forma al contenido de esos textos, hasta informar toda la vida intelectual con su extensión a otros campos del saber. El contacto con estas fuentes va desarrollando un criterio vital, una nueva visión del hombre, de la cultura, de los fines de esta y de sus contenidos prioritarios y fundamentales. Ya desde Petrarca, el primer gran representante del movimiento, el Humanismo aparece como una reivindicación y un programa a realizar, en conflicto con los planteamientos tradicionales del medievo. Frente al teocentrismo medieval, los humanistas reclaman para el hombre, ser racional y lingüístico, un puesto central en la Creación como creador él mismo y sujeto de praxis (práctica). A esta dimensión práctica del Humanismo se debe la importancia prioritaria concedida a la educación y al problema de la expresión, que se materializa en una iniciación de todos los elementos implicados en la comunicación. La concepción experimental del lenguaje como servidor de la razón explica la atención prestada a la lengua, tanto latina como vernácula, y a su perfeccionamiento,
La corrección y la elegancia de estilo se convierten en requisitos ineludibles de toda manifestación oral o escrita. Y ello porque el lenguaje es también una herramienta para la creación.
Los designios del humanismo supusieron todo un programa de producción literaria que implicaba la prescripción de modelos y de géneros, la propuesta de temas y tonos, a la vez que brindaba instrumentos gramaticales y retóricos para el análisis de la expresión. A este programa contribuyeron los humanistas italianos con la recuperación de textos clásicos, tanto latinos como griegos, recuperación que muchas veces supone una presentación “actualizada” y viva de los mismos guiada por un criterio práctico.
La misma actitud subyace en la aproximación de los humanistas a los textos sagrados. Se busca restituir el mensaje cristiano en su auténtica pureza con le objeto de lograr una síntesis de los mejores pensamientos humanos en torno a una “filosofía de Cristo” y así facilitar el acercamiento a Dios. El humanismo religioso erasmista (Erasmo de Rótterdam) sirviéndose del método exegético de las humanidades, supuso de hecho un replanteamiento en los términos de la relación del hombre con Dios que, en última instancia, cuestionaba el papel mediador-tutelar de la Iglesia y, llevado a sus últimas consecuencias, conduciría al cisma protestante.
Por otra parte, la insistencia humanista en el hombre como sujeto de praxis, da lugar al desarrollo de las disciplinas que se ocupaban del homo faber, hacedor de un mundo y de su fortuna, que contemplaba la ética como norma para hacerse a sí mismo y la política como instrumento de gestión del Estado, aspecto que encuentra un desarrollo ejemplar en el “humanismo civil” de Coluccio Salutati y sus discípulos. La humanitas, que dignifica al hombre, no se concibe sólo como una cultura obtenida por el ejercicio de la razón a través del lenguaje, sino además como una forma de civilización, una conducta privada y pública que atiende tanto a la perfección individual como al bienestar de la comunidad. El practicismo humanista, que atiende a formar la doble dimensión - humana y cívica- del hombre, implica un intento de articular la cultura y el ideal clásico con las solicitaciones y realidades de su presente histórico.
Los cambios que se sucedieron en esta época se acompañan de cambios sustanciales en todos los dominios: en las artes, en la filosofía, en el pensamiento religioso, en la ciencia y la técnica ( la revolución científica de los siglos XVII y XVIII es indisociable de la cultura humanística, que puso sus bases y condiciones de posibilidad), y, finalmente en la extensión del mundo conocido y su lugar en el cosmos tras la “ revolución copernicana”. En este panorama histórico, el Humanismo aparece como una cultura básicamente integradora que busca armonizar las actitudes intelectuales y vitales del mundo antiguo con las condiciones de un presente en mutación, todo ello enmarcado en las coordenadas culturales de la Iglesia y del pensamiento cristiano, síntesis a menudo problemática y, en último término, imposible, pues si por un lado actúa como catalizador de las mutaciones históricas, a la vez es agente de las mismas.

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