El enfrentamiento con los textos clásicos produjo la creación de una
metodología de crítica histórica y filológica que, además de marcar el
posterior desarrollo de estas disciplinas, constituyó una aportación
decisiva en la génesis del pensamiento moderno, tanto por las pautas
mentales que de por sí conllevaba ( crítica, conciencia histórica,
ruptura con el principio de autoridad y el texto canónico, etc.), como
por haber planteado gracias a las nuevas fuentes y a la nueva actitud
ante ellas, un marco nuevo para la reflexión filosófica y científica. De
hecho, el interés por los clásicos -la vuelta a las fuentes originales
del saber- no fue meramente erudito, sino que tendió a servir a un
designio práctico de carácter humano cívico. Si en un primer término se
pretendía disciplinar el lenguaje y la razón a través de la imitación
formal de textos modélicos, pronto la admiración se prolongó de la forma
al contenido de esos textos, hasta informar toda la vida intelectual
con su extensión a otros campos del saber. El contacto con estas fuentes
va desarrollando un criterio vital, una nueva visión del hombre, de la
cultura, de los fines de esta y de sus contenidos prioritarios y
fundamentales. Ya desde Petrarca, el primer gran representante del
movimiento, el Humanismo aparece como una reivindicación y un programa a
realizar, en conflicto con los planteamientos tradicionales del
medievo. Frente al teocentrismo medieval, los humanistas reclaman para
el hombre, ser racional y lingüístico, un puesto central en la Creación
como creador él mismo y sujeto de praxis (práctica). A esta
dimensión práctica del Humanismo se debe la importancia prioritaria
concedida a la educación y al problema de la expresión, que se
materializa en una iniciación de todos los elementos implicados en la
comunicación. La concepción experimental del lenguaje como servidor de
la razón explica la atención prestada a la lengua, tanto latina como
vernácula, y a su perfeccionamiento,
La corrección y la elegancia
de estilo se convierten en requisitos ineludibles de toda manifestación
oral o escrita. Y ello porque el lenguaje es también una herramienta
para la creación.
Los designios del humanismo supusieron todo un
programa de producción literaria que implicaba la prescripción de
modelos y de géneros, la propuesta de temas y tonos, a la vez que
brindaba instrumentos gramaticales y retóricos para el análisis de la
expresión. A este programa contribuyeron los humanistas italianos con la
recuperación de textos clásicos, tanto latinos como griegos,
recuperación que muchas veces supone una presentación “actualizada” y
viva de los mismos guiada por un criterio práctico.
La misma
actitud subyace en la aproximación de los humanistas a los textos
sagrados. Se busca restituir el mensaje cristiano en su auténtica pureza
con le objeto de lograr una síntesis de los mejores pensamientos
humanos en torno a una “filosofía de Cristo” y así facilitar el
acercamiento a Dios. El humanismo religioso erasmista (Erasmo de
Rótterdam) sirviéndose del método exegético de las humanidades, supuso
de hecho un replanteamiento en los términos de la relación del hombre
con Dios que, en última instancia, cuestionaba el papel mediador-tutelar
de la Iglesia y, llevado a sus últimas consecuencias, conduciría al
cisma protestante.
Por otra parte, la insistencia humanista en el hombre como sujeto de praxis, da lugar al desarrollo de las disciplinas que se ocupaban del homo faber,
hacedor de un mundo y de su fortuna, que contemplaba la ética como
norma para hacerse a sí mismo y la política como instrumento de gestión
del Estado, aspecto que encuentra un desarrollo ejemplar en el
“humanismo civil” de Coluccio Salutati y sus discípulos. La humanitas, que
dignifica al hombre, no se concibe sólo como una cultura obtenida por
el ejercicio de la razón a través del lenguaje, sino además como una
forma de civilización, una conducta privada y pública que atiende tanto a
la perfección individual como al bienestar de la comunidad. El
practicismo humanista, que atiende a formar la doble dimensión - humana y
cívica- del hombre, implica un intento de articular la cultura y el
ideal clásico con las solicitaciones y realidades de su presente
histórico.
Los cambios que se sucedieron en esta época se
acompañan de cambios sustanciales en todos los dominios: en las artes,
en la filosofía, en el pensamiento religioso, en la ciencia y la técnica
( la revolución científica de los siglos XVII y XVIII es indisociable
de la cultura humanística, que puso sus bases y condiciones de
posibilidad), y, finalmente en la extensión del mundo conocido y su
lugar en el cosmos tras la “ revolución copernicana”. En este panorama
histórico, el Humanismo aparece como una cultura básicamente integradora
que busca armonizar las actitudes intelectuales y vitales del mundo
antiguo con las condiciones de un presente en mutación, todo ello
enmarcado en las coordenadas culturales de la Iglesia y del pensamiento
cristiano, síntesis a menudo problemática y, en último término,
imposible, pues si por un lado actúa como catalizador de las mutaciones
históricas, a la vez es agente de las mismas.
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